SUBIR AL MONTE
Ir a la montaña es un ejercicio saludable que nos permite disfrutar de una belleza incomparable. Las montañas nos enseñan resiliencia, la capacidad de seguir adelante cuando las cosas se ponen difíciles. Deberíamos subir más al monte, aunque es más frecuente que nos echemos a él, como suele decirse en sentido figurado. Ya sea por estar continuamente inmersos en nuestras propias guerras de guerrillas o porque los agobios del día a día nos lleven a replegarnos en nosotros mismos.
A
muchos creyentes la montaña les hace sentir más intensamente la proximidad de
Dios. Hay muchos textos bíblicos en los que así se nos presenta. El pasaje en
el que Abrahán sube con Isaac al monte nos invita a tratar de experimentar y
sufrir situaciones de fe como las que él tuvo que asumir. Esta fe le hace entrar
en una experiencia en la que descubre a un Dios que es presencia que camina a
su lado, que le conduce y le guía. Está totalmente seguro de su protección y
del cumplimiento de la promesa.
En
el Horeb, donde la zarza ardía sin consumirse, a Moisés se le hace visible algo
que no ve. Lo que ve es una voz; se ha acercado a algo que le supera y se ha
enterado de que para ver a Dios tiene que escucharlo. Elías se encuentra con
Dios en esa misma montaña. Después de haberle pedido que le quitara la vida, caminó
durante cuarenta días y cuarenta noches hasta allí, donde permaneció esperando
a que el Señor pasara. No lo encontró ni en el viento huracanado y violento que
sacudía los montes, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el silbo de un
aura tenue. Como Elías, necesitamos ser conducidos a la fuente hasta poder
visualizar en lo pequeño, en la brisa suave de un amor incondicional, la fuerza
de un Dios que no nos deja sin ayuda.
La
fe nos puede ayudar a subir nuestra propia montaña de preocupaciones, miedos y
dudas. Tenemos enfrente esa gran montaña, sabiendo que solo si la escalamos
podremos ver el paisaje completo desde la cima. Habrá momentos de cansancio y
tentaciones de dar marcha atrás, pero también oportunidades para que aflore
nuestro deseo de Dios. El riesgo es que nos pase lo que a muchos caminantes,
que van de una montaña a otra creyendo que encontrarán la felicidad cuando
conquisten la cima más alta y terminan siempre en el cansancio y en la decepción
porque en la vida casi nunca se llega definitivamente a ella.
Es
entonces cuando podremos redescubrir que no estamos solos en ese viaje y que
ese camino ya ha sido recorrido. Jesús subió a la montaña muchas veces a
encontrarse con Dios. Subió al monte alto y rechazó la tentación de rendir
homenaje a otro que no fuera él. Subió también para constituir el nuevo Israel,
representado por los Doce. Pronunció el llamado sermón de la montaña,
anunciando el Reino de Dios y las bases de nuestra vida cristiana. Después de
sus primeros signos, atravesó el mar y subió al monte.
Uno
de los textos en los que mejor podemos identificar esa subida hacia el
encuentro con Dios es el de la Transfiguración. Nos podemos poner en la piel de
los discípulos y dejarnos llevar por Jesús, como ellos, al monte. Para Jesús,
la Transfiguración es tanto una promesa como una anticipación de su gloria a
través de símbolos —la luz, los vestidos blancos,
Moisés, Elías— y palabras —la
gloria. La Transfiguración da el sentido de la muerte de Jesús y el anuncio de
la resurrección. Es un texto muy simbólico, en el que confluye todo el Antiguo Testamento.
Jesús
sube a la montaña y lleva con él a Pedro, Santiago y Juan, el trío de
discípulos más presente en los momentos importantes de su vida. Allí recibirán
una revelación especial de Dios, que les descubre, frente a las experiencias que
habían ido viviendo en el día a día como seguidores, la verdad sobre Jesús desde
la propia perspectiva de Dios. Es el elegido, a quien deben escuchar. Se
encuentran con una visión de Jesús en la figura gloriosa del Resucitado, en la
que sus vestidos se vuelven blancos como la luz.
Podemos leer el relato en paralelo con el de Getsemaní, el de la desfiguración de Jesús. En la escena de la oración en el huerto, su rostro aparece triste como la muerte. Le acompañan, como en el monte Tabor, Pedro, Santiago y Juan, que ven cómo el rostro luminoso de Jesús en la Transfiguración allí se oscurece. En el monte son testigos del poder que recibe de Dios y cómo es contemplado como su Hijo, mientras que en Getsemaní lo contemplan angustiado y abatido.
En
el monte, Pedro se quiere convertir en el organizador del Reino y piensa a lo
grande: «haré tres tiendas». No reflexiona mucho, sino que dice lo primero que
le viene a la cabeza. Se lo va a aclarar la voz desde la nube: «Este es mi
Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». No se trata de construir
tiendas, sino de mirar al Hijo. A nosotros nos puede pasar lo mismo: queremos
organizarlo todo a nuestra manera sin poner a Jesús en el centro. Se está muy
bien lejos de las periferias saboreando el anticipo de la plenitud, pero hay
que bajar del monte. Como a Pedro, Santiago y Juan, lo que nos da miedo es
penetrar en el misterio de la voluntad de Dios que nos puede llevar a la cruz.
La
voz del cielo les aclara quién es el Hijo de Dios: el elegido, el obediente y
el siervo, a quien los discípulos deben escuchar. Ahora pueden ver a Jesús como
culmen del Reino. Reciben una segunda llamada después de la primera que les
hizo a seguirlo. La de ahora es la de acoger la entrega de la vida. Que el Jesús
glorificado en el monte es el Hijo de Dios solo resulta cierto y verdadero una
vez que ha recorrido su camino de pasión en el abajamiento. Mientras entramos
en ese profundo misterio podemos sentirnos tocados por él. Como los discípulos,
necesitamos agarrarnos a esa mano para salir de nuestros miedos y ponernos de
nuevo en camino.
El
pasaje de la Transfiguración nos recuerda que la vida cristiana es un camino de
transformación y esperanza. Nos invita a encontrar a Dios de una manera nueva.
Nos llama a confiar en él en medio de las dificultades, recordándonos que la
prueba y el sufrimiento no son el final. Nos anima a bajar de la montaña y llevar
su luz a quien más lo necesita.
LAC
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